¨¨¿Cuál es la patria de
Olga?¨fue la pregunta que planteó la profe de literatura hace dos años. Nadie se atrevió a hablar. A lo mejor a nadie le importaba la pregunta,
a nadie le concernía en aquel momento (a diferencia de ahora).
Hace dos años entendí por primera vez la noción de ¨ciudadano
del mundo¨. No pude evitar a pensar en Olga. Hice un error, o por lo menos así
parecía en aquella situación.
Ahora me vuelvo a preguntar la misma cosa, esta vez
sabiendo que no hay ninguna respuesta dicha ¨buena¨/ ¨mala¨. Esta vez voy armado del conocimiento de que lo que para mí es lógico puede ser la
tontería más grande del mundo para el otro.
Esta vez sé que no tienes
razón a negar mis pensamientos solamente porque se diferencian de los tuyos. Sin
embargo, tienes toda la libertad de criticarlos: ¡pues adelante!, pero no a
priori, jamás sin haber comprendido, preguntado sobre el mensaje que intentan
transmitir las palabras.
¡Y ellas varían en funcción de tantos factores!
El significante no es siempre cortar-pegar el significado, como la sonrisa no
es siempre benevolencia ni el llanto: tristeza.
Me defiendo. Insisto. Te
pido: no juzgues antes de preguntar…¨
Dicho eso se quitó la chaqueta,
se puso el jersey más peludito que pudo encontrar en el armario y se hizo
ovillo sobre la silla, mirando por la ventana. El vampiro sobre el banco le
sonreía, el reloj lentitamente anunciaba el advenimiento de la noche, las notas
de las clases, olvidadas entre tantos otros papeles que inundaban el cuarto, se
reían de él. Un gesto neurótico de la mano bailaba al son de sus pensamientos:
una afirmación, un miedo, una pregunta… no lograban encontrar la paz.
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